Confirme lo que tanto sospechaba: antipatía es lo único que genera en mí la obligatoriedad de mantener relaciones grupales. Ambiente oscuro y nubarrones grises se posan encima de mi cabeza ante la posibilidad de acudir a un evento social. Días soleados y clima fresco al cerrar la puerta de mi habitación y solo escuchar la melodía de una canción nostálgica o al recordar lo que alguna vez fue y hoy ya no.
Supongo que el trabajo y sus exigencias han favorecido mi renuencia a interactuar con individuos diferentes a los que suelen acompañarme en el día a día. Tristemente mi incapacidad para declarar un estado de soledad total termina por fastidiarme mas, haciendo evidente el malestar frente a aquellos de quienes hoy soy parte pero que no siento propiamente como míos.
Aquellas palabras que utilizo en mi diario discurso se han pasado a vivir de manera permanente en mi pensamiento. No hay cabida a nuevos vocablos, quizás por que no tengo en que o como utilizarlos. Además, hacer mención de las cosas que suceden en el mundo solo termina siendo un molesto ejercicio grupal sin respuesta, sin trascendencia, sin impacto visible en nuestra cotidianidad.
Talvez sea esta la explicación a la tonta pregunta que solía hacerme en tiempos donde la insensatez prevalecía. Antes solía cuestionar tímidamente cada evento acontecido en mi realidad. Temía polemizar con mis pensamientos, con mis apreciaciones, con mi visión de las cosas. Temía herir los sentimientos de propios y extraños con mis pareceres.
Ahora es diferente. Si bien la timidez al relacionarme permanece, la fortaleza en mi opinión ha aumentado con el paso del tiempo. No hay temor en decir lo que pienso, solo inconformidad por el vacío que mis palabras encuentran a su paso.
La primera fase del entrenamiento esta a punto de terminar. El encierro voluntario esta llegando a su fin. Ahora es momento de obtener las herramientas que permitan a mi pensamiento seguir creciendo, madurando, ser libre.
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